Pía Cedeño Martínez

B3 Sociales

Diciembre 12 de 2025

Lágrimas bajo el mar

Había una vez un pez que vivía en un arrecife colorido, lleno de cardúmenes sincronizados que nadaban en perfecta armonía, pero él no. Su cola tenía un ritmo distinto, su mirada se perdía más allá de los pólipos de coral que lo rodeaban, y su mente no dejaba de producir preguntas que no le encontraban respuestas satisfactorias. Los otros peces le decían: “Eres raro”, o “¿Por qué haces tantas preguntas?”. El pez, lleno de ideas, de un momento a otro no sabía qué responder. No era que quisiera ser diferente; simplemente, su mundo siempre había sido así. Nadaba en otra dirección porque así lo sentía, preguntaba porque callar le dolía más.

 

Un día, el arrecife cambió para siempre. Una corriente oscura se llevó consigo a su hermana, a quien amaba con todo su corazón, quien no lo juzgaba ni le pedía cambiar. La tristeza no es como las olas, que vienen y van; esto era como el fondo del océano: un dolor profundo, constante y oscuro. Aunque aparentaba serenidad para dar fuerza a sus seres queridos, cuando el mar se volvía silencioso se escondía entre las rocas y lloraba. Lloraba como si el océano supiera guardar secretos.

 

Los demás peces lo rodearon y, con la mejor intención del mundo, le dijeron: “El tiempo lo cura todo”. Y lo que más dolía: “Tranquilo, ya va a pasar”. Como si de pronto el amor tuviera fecha de caducidad. ¿Cómo se deja ir a alguien que es parte de tu sangre, de tu latido?

 

Intentó nadar como antes, pero todo se sentía más extraño. Su aleta pesaba más y el agua ya no respondía igual.

 

Fue entonces cuando este pez, cobijado por sus lágrimas, comprendió que su rareza no era un defecto, sino un lenguaje distinto. Que no encajar no era algo malo, sino otro modo de existir. Que llorar no era debilidad, sino un acto de amor hacia lo perdido. Y entendió algo que le serviría para el resto de su vida: tener tantas ideas en una sola mente y un corazón hecho de hilos finos no solo era una bendición, sino también la fuerza que lo impulsaba a cuidar con ternura a quienes lo rodeaban. Nunca olvidó su dolor, pero aprendió a encontrar belleza en la manera en que la luz se filtraba desde arriba.

 

Hola, soy Pía Cedeño y esta historia no es solo un cuento. Es un espejo de mi vida: soy aquel pez. Me han llamado rara, intensa, o “demasiado sensible”. Y aunque no permití que eso me definiera, en el pasado sí me hirió. Pero nada me rompió como el fallecimiento de mi hermana. Nadie te prepara para perder a alguien que amas con cada célula que conforma tu ser. Este ensayo es parte de mi forma de decir que siempre la amaré, y que probablemente siga llorándola, porque ese amor fue real. Me hace más humana, más sensible, más yo.

 

Precisamente, ese corazón sensible y curioso es el que me ha guiado hacia la psicología. Siento una curiosidad inagotable por cómo funciona la mente, por qué sentimos lo que sentimos, junto con una necesidad de comprender el cerebro humano, de explorar lo científico, lo social y conductual desde lo humano.

 

La pérdida, y la incomprensión me dieron una dirección; me mostraron que tengo algo valioso para ofrecer. Por eso, mi mayor sueño es ser una gran psicóloga: poder acompañar,

sostener y ayudar a tantas personas como me sea posible. Quiero estar para otros de la forma en que a veces yo necesité que estuvieran para mí. Y si alguna vez vuelven a decirme que pienso mucho, o que no nado como todos, sonreiré. 

Hoy sé que, como aquel pez, no nací para encajar: nací para comprender las profundidades. Y desde ahí, ayudar a otros a nadar.

Lágrimas bajo el mar

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