Pia Cedeño

Tercero de Bachillerato

Diciembre 22 de 2025

Halla, haya y allá

Vi algo que intenté nombrar y que, al nombrarlo, dejaba de ser. Allá vi —si puedo no traicionar demasiado el verbo ver— todos los puntos simultáneos de un anillo y de un universo; el espejo usado que devuelve otros espejos, la biblioteca cuyo índice llevaba al olvido, un ojo que mira desde cada almohada y desde cada página.. Digo “vi”, porque no sé muy bien qué forma elegir para no guardármelo; digo “vi” y la lengua se me anuda en la garganta con todas las cosas que pienso. 

Era, simultáneamente, un grano de polvo y una constelación; un almanaque con los días superpuestos; una ciudad cuyos nombres eran la multiplicación de sí mismos: Guayaquil, Estambul, Babahoyo, la calle de mi infancia, un salón de té, un archivo que supuestamente nunca existió, rostros que no he conocido y que a la vez medio conozco, todo sostenido por un péndulo perfecto que no se mueve.

Trato de describirlo, y mi propia descripción se burla de mí: lo que digo desmiente lo que pensé que veía y lo que callo insulta el silencio más profundo del tarro de sal. Haya todo, o nada, mejor dejo de insistir del todo en nada.

Me esforcé, como tantas veces, por asignar algún orden, por acumular las frases, las listas, las perífrasis académicas, los nombres propios y las fechas: la del 1 de enero de 1933, la voz de un hombre y la risa de una mujer, las palabras que aún no había escrito, los mapas de mapas. Pero también estaban ahí aquellas palabras aún por escribir, los mapas a partir de otros mapas, la sombra de una mano que apuntaba hacia otra mano que no sabía qué escribir.

Siguen las  enumeraciones: un cometa, una llave; en otra enumeración, un acorde, un verso suelto, un retrato sin ojos, un boceto de la geometría de un bostezo. Y me fui de la mano con el lenguaje, dejando que las palabras se amontonaran como si en ellas cupiera el mundo y, a la vez, se precipitaran en un desorden en que se contradecían.

Percibía el inútil cansancio del lenguaje, esa imposible modestia que no era virtud sino debilidad; aquellas palabras se aferraban a ser puertas y no hallaban más que pistilos; se erguían como tablones y terminaban flotando. 

Es posible, que un lector entienda menos que yo, y es posible que un lector entienda más. Ambas declaraciones serían verdad y por eso mentiría si prometiera claridad. 

Quedan, en el camino, estas pocas frases incompletas que se convierten en un testamento y en una renuncia.

Vi algo que me dijo todo y nada. 

Y sólo puedo ofrecer el tambaleo de mi repertorio de palabras. 

Halla, haya y allá

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