Ana Paula García

B3

Diciembre 15 de 2025

Cuando la cultura romántica alienta emociones y genera decepciones

En la actualidad, el amor se encuentra profundamente atravesado por la cultura de masas. No basta con decir que nos enamoramos de personas, porque en gran medida también nos enamoramos de imágenes, guiones narrativos y expectativas que circulan en el cine, en las redes sociales, en la música o en la literatura. El documental El estafador de Tinder se convierte en un laboratorio perfecto para observar cómo opera esta dinámica. En él, las víctimas de Simon Leviev construyen su vínculo con él no solo a partir de lo que vivieron, sino también de un repertorio de ideas y fantasías previamente aprendidas. Lo fascinante y, a la vez, doloroso del caso es que la historia personal de estas mujeres estuvo profundamente condicionada por imaginarios colectivos que ya habitaban en su mente antes de conocerlo.

Eva Illouz introduce un concepto clave para comprender esta experiencia: la imaginación ficcional-emocional. Según Illouz (2012), nuestras emociones no son únicamente respuestas espontáneas a la vida cotidiana, sino que se activan dentro de marcos narrativos que hemos internalizado. Películas románticas, novelas de amor, publicaciones de Instagram y hasta la publicidad construyen un repertorio que, al combinarse con experiencias personales, produce un efecto híbrido: emociones reales que se sienten a través de ficciones culturales.

Esto es exactamente lo que ocurre en El estafador de Tinder. Las víctimas de Simon no se enamoran solo del hombre real, sino del personaje que él representa: el millonario intenso, apasionado y seductor que promete un amor absoluto. Con sus jets privados, cenas en hoteles de lujo y mensajes constantes de afecto, Simon no improvisa, sino que interpreta un papel ya conocido en el imaginario romántico colectivo. De hecho, podría decirse que actúa como un actor en un guion preexistente, aquel que asegura que el amor verdadero debe ser desbordante, generoso y siempre adornado con símbolos de estatus. Así, el fraude no funciona únicamente por las mentiras concretas, sino porque estas mentiras estaban en sintonía con lo que las víctimas ya esperaban encontrar: un ideal de amor cultivado por décadas de cultura romántica de masas.

Sin embargo, la otra cara de este fenómeno se encuentra en la decepción. Illouz (2012) plantea que la decepción en el amor moderno no debe entenderse como un accidente inesperado, sino como un resultado casi inevitable del choque entre expectativas altísimas y la vida real, que es desordenada, limitada y muchas veces contradictoria. En el documental, la transición entre el “amor de película” y la revelación de la estafa es abrupta y devastadora. Un día, las mujeres creen estar viviendo un cuento de hadas; al siguiente, están endeudadas y enfrentadas a la dolorosa verdad de que aquel hombre no existía en los términos en los que lo habían imaginado.

La intensidad de esta decepción no se explica solo por la traición personal, sino porque las expectativas eran socialmente compartidas. No se trataba de un amor privado, con fantasías íntimas y singulares, sino de un guion colectivo: lujo, exclusividad, pasión sin límites. Por eso, cuando el guion se rompe, lo que colapsa no es únicamente la relación, sino el relato vital que las víctimas estaban escribiendo para sí mismas. El dolor surge de la brecha inmensa entre un ideal alimentado por imágenes globales y la realidad desnuda de un fraude.

Este choque revela algo más profundo: la modernidad ha convertido a la decepción en un fenómeno estructural. Cuanto más perfecto se construye el guion inicial, más profundo es el vacío que deja su colapso. Illouz (2012) muestra que en nuestra época la cultura del consumo y la globalización no solo produce objetos materiales, sino también relatos de amor que circulan internacionalmente, generando expectativas imposibles de sostener en la vida cotidiana. En este sentido, El estafador de Tinder funciona como una radiografía de nuestra vulnerabilidad emocional. No sorprende, entonces, que según la Federal Trade Commission (2022), los fraudes amorosos en línea alcanzaron pérdidas de más de 547 millones de dólares en 2021, un aumento del 80 % respecto al año anterior. Estas cifras confirman que lo ocurrido en el documental no es un caso aislado, sino parte de un fenómeno global en el que las ficciones románticas se convierten en terreno fértil para el engaño.

En conclusión, el caso de Simon Leviev no puede reducirse a la historia de un estafador astuto y unas víctimas ingenuas. Es, sobre todo, la manifestación de cómo la cultura contemporánea fábrica emociones y decepciones a través de guiones que moldean nuestros deseos más íntimos. El documental muestra que el amor no es solo una experiencia individual, sino un producto social mediado por narrativas globales. Lo verdaderamente inquietante es reconocer que cuanto más “perfecta” parece la historia inicial, más doloroso resulta el colapso posterior. El estafador de Tinder, más que un fraude sentimental, nos revela las grietas de un sistema cultural que nos enseña a desear amores imposibles y a vivir decepciones inevitables.

Referencias

Federal Trade Commission. (2022). Reports show scammers cashing in on romance. https://www.ftc.gov/news-events/data-visualizations/data-spotlight/2022/02/reports-sh ow-scammers-cashing-romance

Illouz, E. (2012). Why love hurts: A sociological explanation. Polity Press.

Cuando la cultura romántica alienta emociones y genera decepciones

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