Emiliano Roldós Arana

B3

Diciembre 15 de 2025

Cines‑zombie: la resurrección o la coincidencia

1: El zombie como imagen vivificada

La vida produce zombies. La vida produce muerte, así como la muerte produce vida. Es de la deyección de lo vivo, de aquella putrefacción, del encuentro de dos sexos que excretan al tiempo que intercambian sustancias mórbidas o vitales, puede nacer la vida.

La vida se mueve , se desplaza en forma bípeda o cuadrúpeda, o por el aire o por el mar, o se alebresta durante la fotosíntesis. En cambio, la muerte es por un instante estatismo e impresión, no tanto por el súbito detenimiento del balance de las funciones orgánicas del cuerpo, sino por la imagen del cadáver. La muerte es, sobre todo, la imagen del muerto, que genera horror al ser “una presencia insólita… que puede concebirse en todo instante” (Cioran & Savater, 2016, pag 22). El efecto de la muerte es la creación del fantasma que inevitablemente permanece como huella psíquica y espacial acechando en la fantasía, embrujando lo que toca. El fantasma es la permanencia de la imagen de la muerte, es aquello que “puede concebirse en todo instante”.

El cadáver está hecho de carne, no está del todo descompuesto, la descomposición transcurre en él, como “amenaza viscosa y pegajosa” dice Bataille, que oculta los huesos que “ponen fin al emparejamiento fundamental entre la muerte y esa descomposición de la que brota una vida profusa” (Bataille, 2014, pág 60). A decir de Han, “el cadáver es un fenómeno escandaloso, porque todavía tiene forma, aunque en sí mismo sea amorfo” (Han, 2015, pag). El cadáver, no la calavera, sigue siendo imagen de vida. 

Una vez el cadáver es resucitado, se supera parcialmente al fantasma acechante, en tanto se hace corpóreo “lo destinado a los infiernos”. La resurrección lo vivifica aún más, pero la imagen cadavérica no se disipa: el fantasma persiste porque el efecto de muerte no se pierde. La cuestión es que aquel cadáver ha descifrado el misterio del desplazamiento: la vida.  La vida es aquel misterio.

El zombie es aquello que al entrar en desuso es súbitamente reutilizado. Pues en cuanto que la muerte debe ser enterrada, des-terrada, regresa el zombie de lo profundo, para abrirse un nuevo plazo sobre nuestro mundo, para hacer patente aquella reutilización, es decir, sabiéndose a sí re-ciclado, simplemente demostrando la coincidencia fundamental de vida y muerte en la imagen cadavérica que él mismo es. En rigor, no podría decirse que el zombie es simultáneo al uso y desuso; lo importante es la coincidencia que se da en él: no van a la par, se encuentran por un ajuste; como la intersección de dos líneas que continúan infinitamente. 

Está claro que en esa definición o fórmula de zombie, lo que ocurre es la alteración del estado de la materia. Dicho de otro modo, se inicia en un punto y se termina en otro: del desuso a la reutilización. El zombie no es un ente gris o ambiguo que no se decide entre morir o vivir, sino la hendidura que se abre entre esos estados, independientemente de si estos inician viviendo o muriendo; lo crucial en el zombie es que puede “revivir” aun estando vivo, pero no “morir” estando ya muerto. Es una alteración de la materia, más allá de que se mueva o permanezca quieta como imagen. En síntesis, la coincidencia de vida y muerte en el zombie no refiere a una simultaneidad de ambos estados, sino a una imposición del uno sobre el otro, sea cual sea el que inicie el intercambio, y cuyo producto, inalterable al orden de los factores, es el cadáver resucitado.

El cadáver llama a la imagen. Toda imagen —el instante de la imagen, no el proceso imaginativo— es un recorte del mundo en movimiento. Uno sabe que el muerto es tal porque a ese cuerpo le correspondió moverse, como a una flor marchita que lleva en su color marrón la reminiscencia del verde a la vez que la posibilidad de su renovación. 

El primer efecto de la muerte es el de “transformar al muerto en fantasma, es decir, en un ser vago y amenazador que permanece en el mundo de los vivos” (Agamben, 2007, pág. 425) Esta incapacidad de la trascendencia sólo ratifica una vez más la inmovilidad original de la imagen del muerto, luego de la del fantasma. Para morir se necesitan observadores: sin testigos no hay muerte.

Por eso la función de la vista aquí es la significación de la muerte, en tanto las imágenes son recogidas por el ojo, luego transmitidas a la fantasía, y dibujadas por ella en el alma; esos dibujos son los “fantasmi” (Agamben, 1995). 

El sentido de la vista necesita luz para captar las imágenes. Todo depende de cómo se ven las cosas. El zombie ,entonces,  es producto de lo que se ve, de la forma en que la imagen es mirada y de la vida como movimiento proyectado. Y eso es porque la vista es suspensión de los límites, en cuanto la percepción del movimiento es ya un movimiento en sí, pues la luz no es otra cosa que “un cierto movimiento o una acción muy rápida y muy viva que se dirige hacia nuestros ojos a través del aire” (Descartes, 1981, p. 61). Todo lo iluminado está haciendo parte de aquel mismo movimiento; incluso la sombra es en función de aquella radiación. Si el zombie puede “revivir” incluso aun estando vivo, pero no “muere” estando ya muerto, es porque el ojo advierte los subniveles del cadáver, se da cuenta de que el movimiento no se esfuma del todo.

La muerte es imagen en una dimensión; la vida, movimiento en otra. El cambio del estado es un trueque dimensional (sugerencia: lo destinado al infierno se hace corpóreo; el fantasma se supera parcialmente, pero la imagen permanece cuando —en la conciencia del ojo— le surgen piernas y camina. En este sentido Baudelaire escribe sobre una carroña: “todo subía y bajaba, igual que las olas / o incluso se desgajaba con crujidos; / dijérase que, con indeciso soplo, el cuerpo / se vivía y se multiplicaba” (Baudelaire, 1982, p. 62).

2:  El arte de resucitar en el imperio de la luz y en la arquitectura

El mundo de la vida —esto es, de lo que se mueve— es, ante la cámara de cine particular, una organización de elementos que, en su conjunto, son imágenes en potencia. Cuando se recorta algo de ese mundo, es que esos elementos en su conjunto pasan a ser, efectivamente, imágenes. Es de esta manera, que el cine es un arte de la resurrección; es una semblanza tan real que no puede no ser real. Pero al mismo tiempo, el recorte de movimientos es tan evidente , que se comprende que lo que se ve es la devolución a la vida de algo pasado.

 Así, el zombie solo puede ser visto. En el momento en el que todo parece perdido, se renueva la imagen poniéndose en movimiento ante el ojo. La imagen móvil es el zombie, que no es más que la imagen vista por un lente particular. De este modo el cine encarna el sentido interseccional del zombie mismo.

En rigor, la visión y el movimiento se fundan en la idea de “presencia (que a su vez, se funda en la posibilidad de una presencia de la mirada” (Agamben, 2007, pág 125), en la posibilidad de estar presentes ante el movimiento. Esto quiere decir que el sujeto que ve se ve en la medida en que se ve a sí mismo en el instante que ve, ni antes ni después. Ese reflejo, sé que soy yo. En esa mirada que regresa a sí misma se encuentra, aunque no realizada, la potencia del zombie; pues son esos recortes los que hacen posible más tarde la resurrección. 

El cine es el retraso de aquel instante, recortado, resucitado, que además ocurre bajo el Imperio de la luz y por lo tanto,  sujeto a las leyes de la física, y no ya solo atado a lo imaginario. De ese retraso, de esa súbita reutilización, nace un zombie. Por supuesto, el zombie no se reducirá solamente al cine. El zombie del cine está en el imperio de la luz. Lo crucial de este zombie es que se gesta dentro de aquello por lo que se mira: la luz.  La luz lleva al zombie hasta la pantalla, y nos preguntamos ¿en verdad está eso ahí? El zombie parece nunca estar presente. 

La visión despojada de inmediatez, en parafraseando a Han, es una visión orientada  hacia lo bello, pues lo bello no es inmediato sino las correspondencias secretas diacrónicamente. El tema del cine, y de la representación en general, no tendría que encauzarse hacia la búsqueda de la apariencia o su contrario, sino  hacia la coincidencia. Aquella coincidencia que no es la simultaneidad de los binarios, permite que algo en desuso sea súbitamente reutilizado. Pues es por la ruptura entre lo aparente y lo esencial que estos vuelven a coincidir, así como vida y muerte están destinadas a darse en coincidencia; el ocultamiento de la verdad, o la verdad que significa siempre ocultamiento, que es la razón por la cual una obra nos embelesa, es retraso porque el sentido de la coincidencia de lo aparente y lo esencial es tardado; nunca terminan de presentarse, están siempre a mitad de camino, aunque nadie les ha notificado que ya han coincidido.  

En la exposición, “El amanecer de los cines zombies”, Juan Carlos Vargas traza un recorrido en el mapa de una ciudad  de Guayaquil ya inexistente: En su exposición, Vargas presenta diversos objetos sacados de la basura. Presenta además de eso, una serie de pósters de películas, principalmente pornográficas, del tiempo en el que Guayaquil tenía todavía cines. El cine, en el imperio de la luz es zombie; pero en su carácter de archivo, también lo es. Y esta, mi ciudad, antes de ser Guayaquil en cualquiera de sus manifestaciones, quién sabe qué era. Pero aquel quiebre de estado, la hace renacer. La naturaleza que en vida es aniquilada, es reutilizada durante la conformación de la ciudad. Guayaquil, ciudad cuya arquitectura, como cualquier otra, se desarma y se rearma ante los ojos de los sujetos civiles.

La identidad del zombie se relaciona con la de la civilización de la que germina. Todo proyecto civilizatorio pasa por la resurrección, no sólo en la medida ritual, sino, sobre todo, en lo técnico. La resurrección en sí es una técnica. Lo técnico permite el cambio de estado. El cine abre el imperio de la luz, donde se dispara, en uno de sus infinitos niveles de intensidad, el movimiento, y abre las puertas de los reinos fantasmales, donde reside la memoria. El cine es una de esas artes de resurrecciones, una que nace en medio de la autonomía de la técnica, en máquinas de luz e imagen. 

La ciudad gesta su propia ruina. No hay ciudad que no se arruine, pues los edificios y los templos se vacían de gente y de sentido cuando otros ojos los miran. Juanca Vargas explicaba que de niño, aburrido y cansado, imaginaba “rostros” a los edificios, y se le figuraban unos robots, unos monstruos. La ciudad es una imagen, que vista de cerca, está repleta de desplazamientos. Esas imaginaciones tempranas del autor están todavía contenidas en aquella exposición, un lugar zombificado. Vargas reivindica enormemente la cuestión “chambera” de su arte, pues “chambero” se denomina a aquel que recolecta objetos de la basura –o del desuso. La exposición de los cines zombies trae consigo posters archivados intervenidos, un mapa zombificado de las antiguas ubicaciones de los cines, uno de esos robots de su imaginación traído a la vida. En la pequeña arquitectura de la exposición está patente la potencialidad del zombie. 

Aquel zombie como archivo dispone de una determinada memoria. Así como “el fantasma, que genera memoria, lenguaje, sueño, éxtasis, etc”. (Agamben, 1995, pág 139), el zombie -o la superación parcial del fantasma en una imagen móvil, es decir, en un núcleo distinto de producción fantasmática- , trata también de la memoria. La imagen en sí alude a un pasado, pues por ello es absoluta, por lo tanto imagen de todo tiempo. 

3: El aliento del zombie

“El resplandor ocurre en esos momentos de revelación cuando pasado y presente se entrelazan de manera dialéctica (…) el arte nos ofrece una visión intensiva y sensible de la realidad (…) acercándonos a una comprensión de ese caos” (Catálogo exposición RESPLANDOR). La exposición de la Bienal de Cuenca, RESPLANDOR, que reúne las obras más significativas desde la creación en 1987 del evento de arte contemporáneo latino, hasta el presente 2024; en RESPLANDOR la identidad, “promovida por el discurso del proyecto moderno, lo pertinente es pensarla como plurales” (ibid), es una identidad que ha perdido un origen. “El resplandor es el carácter inimitable de la obra de arte”; si esto fuera cierto, sería algo completamente perdido. Una vez se reutiliza lo aniquilado, nada es inimitable. El zombie no trata del Yo, porque el Yo se ve a sí mismo en el mismo instante que se ve; el zombie no trata ni de mí ni del lector; el zombie nos circunda. Está siempre siendo tratado. 

El cine fue ese avance técnico-artístico que devastó al Yo moderno. El resplandor no es tanto el carácter inimitable, sino el entrelazamiento dialéctico y no simultáneo. Los zombies son el verdadero Resplandor: un aliento que viaja hasta más allá de la intención perdurable de cualquier obra. 

¿Quién es el zombie frente a estos Yos que persisten? Sería aquel agente externo, aquel patógeno; un otro radical, que no acepta ninguna cura. Byung-Chul Han podría verlo como la negatividad: “El lamento del individuo depresivo, “nada es posible”, solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que “nada es imposible” (Han, 2012, pág. 31.); el sujeto depresivo de la sociedad del cansancio está cansado de la positividad, de la no relación con lo otro que permite el retraso de la cognoscibilidad del yo mismo , pues “reaccionar inmediatamente es (…) un síntoma del agotamiento” (ibid) El zombie nos circunda, como giran los planetas o como se alzan rascacielos. Solo en la medida en la que el Yo retrase la presencia de sí, perdido en un movimiento impropio, será posible la resurrección.

Bibliografía

Agamben, G. (1995). Estancias: la palabra y el fantasma en la cultura occidental. Pre-Textos. Valencia, España

Agamben, G. (2007). La potencia del pensamiento: ensayos y conferencias (E. Castro & F. Costa, Trans.). Adriana Hidalgo. Buenos aires, Argentina

Bataille, G. (2014). El erotismo. Tusquets México.

Baudelaire, C. (1982). Las flores del mal (segunda ed.). Visor. Madrid

Cioran, E. M., & Savater, F. (2016). Adiós a la filosofía y otros textos (F. Savater, Trans.). Alianza.

Descartes, R. (1981). Discurso del método: dióptrica. meteoros. Geometría (G. Quintás Alonso, Ed.; G. Quintás Alonso, Trans.). Alfaguara.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (A. Saratxaga Arregi, Trans.). Herder Editorial. Arg

Han, B.-C. (2015). La salvación de lo bello (A. Ciria, Trans.). Arg

MAAC, BIENAL DE CUENCA, 2024, Catálogo de la Exposición RESPLANDOR,

Cines‑zombie: la resurrección o la coincidencia

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Scroll to top